Textos libro "TELEES"

 

Mari Carmen Martínez Sánchez

 

De Cómo Llegué a La Casa de las Palabras

o La Culpa Fue del Conserje

 

Todo comenzó cuando mi marido, conserje en un instituto de Salobreña, entabló amistad con Miguel Ávila, profesor de literatura.

Un día le di unos escritos para que Miguel me diera su opinión sobre ellos. En concreto el de la Iliada según Penélope (había una confusión con la Odisea que se subsanó después), algún poema y otros relatos cortos... Se publicaron a través de Miguel en el Faro. Miguel se fue a Tánger.

Una tarde de verano llamaron a la puerta y abrí (yo nunca miro por la mirilla), era Javier. Javier y yo nos conocemos de mucho antes por haber sido compañeros en otras batallas que algún día, si las queréis escuchar, contaremos.

Venia a traerme su libro “La muerte roja”, y a decirme que se había hecho cargo de las publicaciones en el Faro, que le pasara lo que fuera escribiendo en formato digital y que se reunían en la tertulia de la revista Voces los sábados.

Fui a unas cuantas reuniones de la tertulia aquel verano, pero las guardias, y el andar siempre en otras cosas, me impidieron seguirla con asiduidad. Acudí a alguna presentación de la revista. El verano pasado, a raíz de una accidente de trabajo, causé baja, me sobraba tiempo, volví a la tertulias y a escribir, más en la cama que sentada. Pero puedo afirmar, y afirmo, que sin la escritura, “la pinza” se me habría ido del todo.

Llegó la presentación de la revista Voces en Málaga, en la Gramola. Fue entonces cuando el otro conserje, Ricardo, leyó sus  microrrelatos. Me desternillé. Nos desternillamos. Yo necesitaba reír, y mucho. Me impactó que alguien, en tan pocas palabras, pudiera decir tanto y describir la realidad de un amor imposible en esa clave de humor. El microcuento: “El era un pastelito de chocolate, ella era diabética”, se me quedó grabado para siempre jamás.

Leí el poema “El Tao de la escoba” y lo que alguien había escrito sobre Ricardo en la revista Utopía allí mismo en la puerta de la Gramola, me llamó  mucho la atención (coño, alguien diferente, pensé). Después vino la  inauguración de la Casa de las palabras, en Nerja. Luego vinieron Ricardo, Pilar y alguien que no recuerdo a Almuñecar para la presentación de la revista Voces. Probé con la Maratón de escritura creativa. Tengo que decir que fui con un poco de escepticismo, tantas horas sentada me asustaban y  escribir durante tanto rato, no sabía que resultaría de aquello… Además, no soy muy gregaria.

Salió redondo, me gustó. Entendí que la tertulia del Telees (de la cual Pepe me había hablado, pero a quien  le dije en su momento que a las 8 yo estoy en la cama, y es cierto en invierno),  me vendría bien.

Cierto, es una buena terapia y, para qué engañarnos, te da confianza en tu propia voz.

Desde entonces procuro ir, y si no asisto a más actividades es porque aun estando Nerja cerca me cuesta coger el coche y conducir, me falla la pierna del embrague (el próximo coche automático). Si no, me quedaba  en la casa vivir y no me echabais ni a escobazos.

Gracias por dejarme entrar a esta casa y a este grupo. Gracias a todos y a todas, pero, como veis, la culpa es de los conserjes jes, jes.

 

 

Carnaval, Carnaval 

La vio, o mejor dicho vio en primer lugar sus ojos de un violeta inconfundible.

Detrás de la máscara de porcelana blanca tenía una mirada asustada, perdida como si ella no pintara nada en aquella fiesta. Debajo del borde de la máscara unos labios rosa pálido y muy brillantes se apretaban el uno contra el otro como si tuvieran frío o temieran dejar escapar alguna palabra, algún susurro siquiera.

Llevaba una peluca blanca y un traje con miriñaque todo muy Luís XIV. Vaya, no le faltaba ni la mosca discretamente colocada sobre  la comisura izquierda de su labio superior.

Al escote del vestido, de tela muaré  rosa palo, se asomaban unos senos demasiado pequeños para rellenar aquel traje y resultar favorecidos. No había canalillo. El resto se ceñía a un talle fino y un miriñaque desproporcionado.

Parecía perdida en el bullicio de aquella gente, discretamente pegada contra la esquina  de la balaustrada de la inmensa escalera de mármol.

Él se sintió ridículo en sus mallas de arlequín de rombos multicolores y  la gola de tieso tul le ahogaba un poco más por momentos. Comenzó a sudar debajo de la máscara que le hacía una media cara sonriente y la otra triste.

No sabía como abordar aquellos ojos violetas, aquel cuerpo que intuía frágil debajo del disfraz. Ni siquiera podía ofrecerse  a traerle algo de beber: Los camareros vestidos con librea y también enmascarados no hacían más que pasar con bandejas de bebida y comida… En las fiestas de la embajada no se escatimaba.

Ella también reparo en la mirada de ojos  oscuros que se había clavado en ella, vio su pelo engominado bajo el casquete y su traje de arlequín. Vaya elección para un armario de dos puertas, pensó. A todas luces el traje le quedaba tan estrecho como ancho le venía a  ella el suyo.

Ella estaba allí porque la señora para quien trabajaba no quería asistir a la fiesta, pero tampoco podía faltar. Se dejó convencer, (su acento  del este no sería problema en una fiesta de carnaval de una embajada), pensando que lo pasaría bien. Pero en cuanto entregó la invitación en la entrada supo que aquella fiesta no era como se la había imaginado, se aburría. Bailó una vez, pero el miriñaque amenazaba con acabar devorando a la pareja que se lo pidió; claro, estaba pensado para minuetos y otras danzas más reposadas.

Él estaba allí porque su jefe tampoco quería asistir, ni podía faltar en el recuento de tarjetones. Era primordial que se supiera que había estado, por el bien de la empresa.

También se aburría, lo suyo era la seguridad y no andar en unas mallas que a todas luces lo dejarían estéril si no se las quitaba pronto.

Ella se escabulló en cuanto pudo. Él tambien.

Desde entonces él uno anda buscando unos ojos violetas a juego con unos labios rosa y unos senos pequeños; la otra, un armario de dos puertas con  ojos negros y una señas de identidad que difícilmente encontraría bajo un pantalón normal.

 

 

Coleccionista de Verdades…
 

Hacía dos semanas que ella había muerto. Desde entonces el silencio de la casa amenaza con tragárselo todo, con aplastarlo a él. No es que en vida ella fuera muy habladora, al menos con él. No, más bien no tenían casi ningún tema de conversaron, más allá de los habituales pásame esto o aquello, ¿qué hacemos mañana?, ¿dónde vamos de vacaciones? No podía recordar ni una conversación trascendental con ella. Ella callaba. Sí, siempre miraba, observaba y callaba.

Él había tomado la costumbre de coleccionar bolsitas de azúcar con frases hechas, tal vez para suplir el silencio. Como amenazaban con perderse por los cajones, un día había decidido enmarcarlas. Tenía cubierta las paredes con aquellos cuadros ultraplanos repletos de sentencias.

Acostumbraba a leerlas para ratificarse en la sabiduría de las mismas y de paso en la suya por coleccionar tanta sapiencia. Pero esa noche no hallaba consuelo en las frasees hechas, por importante que hubiera sido su autor. Decidió que lo mejor era empezar a deshacerse de los recuerdos de ella. Así tal vez aliviaría su pesar, esa tapadera que parecía bajar del techo cada día un centímetro más.

Pensó que sería buena idea deshacerse primero de la colección de muñecas que ocupaba un mueble esquinero en el pasillo. Desde el funeral, las miradas de aquellas muñecas parecían seguirlo hacia todos los rincones. No sabia si darlas en bloque o de una a una, ni a quien. Buscó en Internet y halló el museo de la Dona en Figueras donde aceptaban la colección sin compromiso de exposición ni de devolución al no ser una colección aparentemente ordenada ni documentada.

Abrió el armario y comenzó por el estante superior, sacó una muñeca de porcelana que tenía un caza mariposas en una mano y un bolsito de red para guardarlas en la otra. Al sacarla cayó al suelo un trocito de papel muy doblado. Lo desplegó: Regalada por F, primavera 1995, comprada en PRYCA los Patios “cazadora de sueños”, revisión cardiólogo, hospital universitario Málaga. Sacó otra muñeca de gran tamaño que llevaba un sombrero de tela. El papel decía: verano 1998, regalada por H, “no sin sombrero”, traída de Canarias.

Una tras otra fue sacando y leyendo las papelinas. Las había de todos los lugares del mundo, de París, “una Madame Pompadour” maltrecha, la primera de la colección, 1963, regalada por el primo Pepito.  Un deshollinador “que traía suerte”. Una de Rusia, aristócrata y muñeca de trapo con la jugaban las niñitas rusas. De Japón, “con amor”, regalada por R. Un guacho de Argentina, una cubana, una desde la plaza Nabona “con cariño”, de Kika. De esta el  documento relataba que “en la tienda solo dejaban pasar un número determinado de personas y que la cara era única y hecha a mano”. Y había más, una de Alemania, otra de Inglaterra, otra de Holanda, de Bélgica, de China, de Colombia, de África “a beneficio de una ONG de planificación familiar”, una patinadora y hasta una de Finlandia con un poema,  una tejida a mano en punto “de una paciente”, un pepón comprado en una tienda de muñecas de la Gran Vía en Madrid.

Cada una de aquellas muñecas tenía su propia historia y su nombre. Hasta había alguna que él le había regalado. Todas tenían escondido en los refajos su fecha, la ocasión,  una breve biografía y el nombre de quien se la regaló.

Había una particularmente descocada con un deshabillé negro transparente tumbada de lado fumando en boquilla.

También estaban las regionales, una Fallera, una Lagarterana, una Gallega, una Asturiana, una de Cáceres con un sombrero de mil espejos, una bruja, un payaso, una vestida de flamenca. De esta se acordaba bien, la habían rescatado de un caja de basura en una calle de Nerja frente a una tienda todo a cien de chinos. Tenía un mecanismo que no funcionaba, ella le había arreglado el vestido, puesto pendientes, collares y un abanico, aún recordaba la alegría que llevaban las tres parejas después de cenar y tomar unas copas. Una juerga lo bastante gorda como para recoger muñecas de las cajas de basura entre risotadas. Había sido José Luis quien se la dio. Eran los tiempos en que se estaban emparejando José Luis y Gloria… Todo estaba brevemente relatado en el papelito.

Se quedó atónito delante de las cien muñecas, cada una con su historia. Se sintió idiota. Idiota por haber estado coleccionando frases de la vida de otros, sin darse cuenta de que a su lado alguien no estaba coleccionando muñecas, sino haciendo de estas las frases y los momentos propios de su vida.

Esa colección era su verdad, no la verdad de otros, en lugares y circunstancias lejanas y tal vez desfasadas y revisables.

Volvió a poner primorosamente cada muñeca, con su trozo de papel, en su sitio.

Ya no parecían seguirlo con la mirada, ya no lo atormentarían cuando pasara por el pasillo.

Ellas habían hablado y le habían contado cosas insospechadas de la mujer con la que había compartido su vida. ¿De dónde habían salido tantos amigos, tantas amigas? ¿Quién le había regalado tantas muñeca?, que eran otros tantos momentos de su vida, una vida paralela, la cual, él, enfrascado en leer frases enlatadas, se había perdido.

 

 

Tocando el Banjo en Alabama
 

No sabia dónde estaba ni cómo había llegado hasta allí. Pero se sentía tan bien. Apelotonada en posición fetal, la suavidad aterciopelada de las sábanas y un olor dulce y aframbuesado la envolvían. La inmensa habitación estaba en penumbra. Desde la calle, filtrado por unas espesas cortinas, se colaba el ruido de una gran ciudad. Le pesaba la cabeza. Cerró los ojos  y recordó. ¡Qué noche! No había dejado un solo trozo de su piel sin acariciar. Los labios aún le ardían. Había bebido de ellos como si hubiera atravesado mil desiertos y por fin hubiera hallado, en ella, un oasis. Despertó escalofríos en rincones que ni ella misma sospechaba tener. Mordió, besó, lamió, vibró y le hizo vibrar, se descubrió una vez, otra y otra vez más. Nunca, nunca la habían amado así, nunca se había entregado de esa manera.

¿Pero quién era ella, quién era él? ¿Donde estaba? No recordaba su nombre y mucho menos el de él. Peor aún, tenía la certeza de no haberlos sabido nunca. Se levantó tambaleante e instintivamente empujó la puerta del cuatro de baño. La luz cegadora le dio una bofetada en plena cara. Se vio en el gran espejo rectangular, no se reconoció: ¡Era negra! Una negra guapa, guapísima, con un pelo cortísimo y ensortijado, unos inmensos ojos azabache que la miraban interrogantes y unos labios carnosos y sensuales, entreabiertos por la sorpresa y que se dejaron tapar por una mano de largos y frágiles dedos para ahogar un grito y no volcar el jarrón de gardenias que adornaba el lavabo.

Se miró de arriba abajo, de abajo arriba; era alta, esbelta, bien formada, con unos pechos llenos y en su sitio, unas caderas proporcionadas y sensuales; se acarició y sintió una firmeza, una suavidad y una elasticidad que no le eran familiares. Se gustaba. Se gustaba mucho.

Escuchó ruido en la habitación. Se cubrió con un albornoz mullido, de un rosa chicle escandaloso y salio a ver  quien había entrado. Era una matrona oronda y más negra que ella, quien sin mediar palabra, descorrió las tupidas cortinas. ¡No lo podía creer!: Frente a ella se dibujaba la inconfundible silueta del Sky Line de Nueva York.

–¿Quién soy?

–!Señorita! ¿Cómo que quién es? Pues Billie, aunque todo el mundo la llama Duquesa.

–Ah, ¿y… el señor?

–El señor ha dejado una nota diciendo que se iba pronto porque esta noche toca el banjo en Alabama.

 

 

 

La Rebelión de los Corchos

 

I

Hola corcho corchito, que sobre la ola flotando estás.

¿Dónde vas?

Donde me lleve la marea;

me ha liberado del yugo del cogote vil,

¡y voy a vivir!

 

Porque cuando una botella a la playa llega,

todos exclaman: ¡un mensaje en una botella, un mensaje en una botella!

A mí me sacan de cuajo, y sin contemplaciones me tiran a la arena.

Pues me he rebelado, ¡eah!

 

Que todo el mundo sepa que sin mí

el mensaje de la botella,

no hay un Dios que lo lea.

 

II

A las playas de Cádiz el corcho llegó.

A todas las bodegas de Jerez contagió.

La revolución empezó.

Uno a uno los tapones fueron saltando.

En ejército organizado, de 4 en 4 fueron formando.

(El vino se iba derramando).

 

Al unísono subieron hasta Montilla Moriles.

La misma operación.

Corchos saltando y uniéndose,

para pasar por Valdepeñas,

la Ribera del Duero, Cariñena,

La Rioja  y hasta El Penedés

 

¡A cruzar la frontera!

Las botellas de champán burbujeando, una locura,

La Galia fueron inundando…

Y los borrachos del mundo entero, locos de contentos,

arrimando los cartones de vino peleón

a los ríos de vino, del vino mejor.

 

III

Y los peces borrachos, hipando,

las sirenas desafinando,

las ballenas roncando,

los cangrejos andando pa lante,

los marineros mareaos de olor a anisaos.

 

¡La leche! la que puede organizar un tapón.

 

 

 

          El Agua Que Corre                  

 

Me gustas dulce.

Te amo extensa, profunda y salada. 

 

Te prefiero cristalina.

No te niego embarrada.

 

Te escucho en fuentes cantarinas.

Te adivino en acequias soterradas.

 

Te deseo sólida, liquida o vaporizada.

 

Te respeto en movimiento.

Me embelesas estancada.

 

Te sé en sangre, saliva, sudor y lágrima derramada.

Te alabo en bolsa rota a término de hembra preñada.

 

Te venero porque sin ti,

en setenta y dos horas, no somos nada.

 

 

 

Las Horas Muertas

 

Más vivas que nunca

         están las horas muertas.

Porque desde hoy,

aunque tú no lo sepas,

desconocido, conocido,

amigo, mis horas muertas,

las voy a pasar contigo.

 

 

 

 

Cambiemos

 

Cambiemos de país.

Cambiemos de pueblo.

 

Cambiemos de hábitos.

Cambiemos de aspecto.

 

Cambiemos sin moneda de cambio.

Cambiemos quedándonos la chaqueta.

 

Cambiemos por fuera.

Cambiemos por dentro.

 

Cambiemos para volver a ser auténticos.