EL MOCHUELO QUE QUERÍA APRENDER A NADAR

 

Érase una vez un hermoso olivar, entre Colomera y Granada.

Sus árboles eran productivos y en uno de ellos habitaba una colonia de mochuelos.

De todos es sabido que de noche cazan y de día, como dice la famosa frase popular, “cada mochuelo  a su olivo”.

Pero esta plantación daba cobijo a un mochuelo atípico: Había escogido para irse al rayar el día, en lugar de un olivo como era lo lógico, un alcornoque, que había crecido allí por puro azar.

No tengo nada en contra de los alcornoques.

Son árboles útiles que vienen dándonos corcho desde  tiempo inmemorial .Nos sirven para hacer tapones .Sin ellos las botellas no se podrían descorchar (bueno a veces hay que hundir el corcho  cuando se obstina en obstruir el goyote).

También sirven para fabricar paneles en los que colgar notas importantes, placas aislantes del frió y del calor y hasta ropas se han hecho últimamente con corcho y, como no, flotadores para mantenerse a salvo.

Pero ¿Le  podría explicar alguien a este mochuelo que su árbol no le va a proteger, ni alimentar, ni cuidar, y mucho menos le va a ayudar a flotar? Hasta puede que le hunda y le ahogue si se queda poco tiempo o se queda tiempo de más.  Va contra natura que los mochuelos quieran nadar y los alcornoques, por más que les queramos sacar en alcornoques se quedaran.

Los mochuelos deben concentrarse en volar, en planear, en  otear y cazar, en reflexionar y sobre todo al amanecer, descansar como  desde toda la vida en un olivo del verde olivar.

  

 Mari Carmen Martínez, mcm47@hotmail.com