VI ENCUENTRO GASTRONÓMICO LITERARIO EN ACCIÓN
2011 - CASA DE LOLA CARMONA
ESPEUSIPO / INSENSIBLE
Espeusipo, que se tenía a si mismo por estoico, quiso, en un acto de soberbia
que contradecía la esencia de su filosofía, retarse a si mismo, y gritó en una
asamblea ciudadana, desde el mismo centro del ágora: "Nada creado o ideado por
el hombre vale la pena, nada tiene sentido ni es digno de atención. Desde hoy me
mostraré absolutamente indiferente e insensible a cuanto me rodea, ante este
absurdo que en vuestra ignorancia llamáis vivir", y calló para siempre, nunca
volvió a pronunciar una palabra.
Fué transcurriendo el tiempo, y los otros ciudadanos de la polis se fueron tomando, cada vez más, el reto del aparentemente catatónico Espeusipo, como un reto y una ofensa personal, intentando hacerle caer del pedestal de soberbia en que se había intalado.
Pusieron ante sus ojos lo que consideraron lo mejor y lo peor que puede ver un ser humano a lo largo de su existencia: desde manjares exquisitos a filas de jóvenes hombres y mujeres, tesoros, flores de tierras lejanas, y exóticos animales de tierras más remotas aún. Ante su nariz pusieron los más dulces perfumes, y ante sus oídos sonaron las más bellas melodías, sin que nada consiguiera romper el mutismo de Espeusipo. Tampoco la vista de cuerpos mutilados o putrefactos, su olor hediondo, o el ensordecedor ruido de diez tambores de guerra consiguieron efecto alguno.
Así arrastró Espeusipo durante años su soledad y su indiferencia, de la mano de la miseria y la mendicidad, hasta que tiempo después, una persona, una mujer a la que unos tenían por loca, otros por sorda, y la mayoría por ambas cosas, comenzó a compañarle a todas partes, como una sombra muda y solícita.
Iba recogiendo la comida que, desde las ventanas, los vecinos les echaban como si de un par de perros se tratase. También le aseaba, le abrigaba las noches de invierno, y velaba por él como seguramente ni su misma madre habría hecho, sin esperar ni unas gracias siquiera, y ni unas simples gracias recibía.
En una de las tantas guerras que la polis mantenía con sus vecinos, ésta fue tomada y muchos de sus ciudadanos hechos prisioneros.
Habiendo llegado a oídos del general invasor la existencia de Espeusipo y su extravagante promesa, ordenó que le llevaran ante él y, señalándole un grupo de veinticinco niños maniatados para ser vendidos como esclavos, le dijo:
"Iré cortando una a una las cabezas de estos niños, los hijos de tus vecinos, tal vez alguno incluso sea familiar tuyo, hasta que te vea derramar una lágrima, prueba de una emoción, pues la indiferencia es privilegio de dioses, no de mortales, y tu arrogancia merece un escarmiento".
Las cabezas de tres niños rodaron por el suelo, creando su sangre un hilo rojo que rodeó las sandalias de Espeusipo, quien se mantenía tan inmóvil como inmutable.
Cuando ya se alzaba la espada para cortar el cuarto cuello, la mujer, que había permanecido hasta entonces, como siempre, a la sombra de Espeusipo, se acercó a éste y, hablando por primera vez, le susurró al oído: "Te quiero" . . . consiguiendo así que rodara por la mejilla del hombre esa lágrima que habría de salvar veintidós vidas.
Nekovidal 2011 – nekovidal@arteslibres.net
MI CAMINO
Al día siguiente de llegar a mi casa después de haber hecho el camino, me
dispongo a escribir mis impresiones entre turbaciones por no saber qué hacer,
tal vez he perdido la meta, el final de la etapa.
El camino no sé si lo voy a repetir pero como me han dicho muchos, el recorrido marca a quien lo recorre.
Yo lo hice sin saber muy bien por qué lo hacía, más bien como una experiencia más en la vida, que resultaba ser interesante para los que lo habían hecho. Me llegó un escrito en el que decía algo así: Si un día sientes que te llama el camino, ignóralo y sigue con tu vida cotidiana. Si vuelves a escuchar la llamada no le hagas caso pero si la escuchas una tercera vez entonces sí prepárate pues es que lo tienes que hacer. Yo no lo escuché ninguna vez pero creo que también sirvió.
Cuando yo empecé el camino tenía muy claro que como no tenía ninguna motivación religiosa que si una etapa no me gustaba me cogía un autobús y me la saltaba, en favor de otro sitio más atractivo donde podría quedarme algún día más. En concreto lo pensaba hacer esto último en Burgos y León, pues sus etapas próximas eran bastante aburridas. Una vez en el camino, me resultó imposible hacerlo sin que nadie me lo impidiera.
Hasta las últimas etapas pensaba que no merecía la pena pues era demasiado el esfuerzo y las incomodidades y no encontraba ningún sentido para ello. Mi opinión cambió en el Bierzo, después de una pequeña crisis personal. La belleza del paisaje y la ralentización de mi marcha pudieron ayudar pero tal vez eclosionó algo que se había ido gestando en las etapas anteriores.
El camino lo he visto diferente antes y después de hacerlo, o posiblemente cada día cambiara algo. Tengo la seguridad de que se produce una transformación personal. No importa la motivación, la ideología, ni nada de lo que creamos tan importante. Sí importa hacerlo con mochila, con ratos de silencio, caminando a tu ritmo y en albergues mejor que en hostales u hoteles.
La mochila te enseña las cosas que cargamos cada uno en nuestra vida. Es importante descubrir que se puede vivir sólo con lo imprescindible y que las cosas de más sólo obstaculizan nuestra marcha. No está bien que alguien cargue con las cosas de otro, no es bueno para ninguno de los dos. Así en la vida, nos guste o no, cada uno lleva sus problemas encima, esos que cada uno tiene que resolver o trabajar.
La marcha debe ser individual porque en la vida vamos en solitario. Habrá ratos en que te acompañen, en que charles, en que rías y en que compartas pero siempre tiene que haber un espacio en que sientas en silencio tu propia marcha por la vida.
El albergue también es importante porque allí se convive, descubrimos nuestras intolerancias, nos relacionamos con gente desconocida y hacemos amistades que la mayoría de las veces se pierden en unas pocas etapas, lo mismo que en la vida.
Una de las cosas que más me impresionó en las primeras etapas fue la paz que sentía. No había asomo de miedo, y yo soy muy miedosa, cuando iba sola por aquellos caminos sin ver a nadie y sin saber si estaba perdida. Me sentía protegida o que nada tenía que perder.
Después sí me asaltaron algunos pensamientos de miedo cuando descubrí que todos los años mueren bastantes peregrinos haciendo el recorrido. Son muchas las cruces, algunas con nombres y datos, que nos lo van recordando. Entre los que me llamaron más la atención estaba un japonés al que le habían rodeado de muchos de sus objetos personales, a Carmen Reus que murió en uno de los sitios más bonitos del recorrido 3 días antes de que yo pasara por allí y un tal Wiat? O algo así que murió en la penúltima etapa y le habían dejado sus botas.
Comentando esto en la cena de despedida con otros peregrinos, un hombre mayor decía que él se apuntaba a esa muerte. Había hecho el camino 13 veces y pensaba que prefería morir de un infarto allí, como la mayoría de los que mueren haciéndolo, que vegetar en vida. Nos quitó el miedo.
Antes de empezar una peregrina me comentaba que la gente se siente tan bien en el camino porque tiene una meta diaria que sabe va a cumplir y todo lo demás pierde importancia.
Yo no sé lo que ocurre a nivel psicológico pero sí se que sentía cada instante más fuerte, pues el presente se agrandaba. Las sensaciones no eran las mismas al principio como al final. En Galicia, metida en los bosques, me sentía parte de su naturaleza y escuchándola aprendí a reconocer los distintos sonidos de los pájaros, los olores de las plantas, y el diferente sonido de los pasos de los que por allí marchábamos. Era sólo el presente.
Lola Carmona
ura en acción en los
jardines de Lola
ESPENSIPO
Espensipo apostaba por la vida, por la sencillez de una tarde en
el campo, con unos cuantos amigos, comiendo cerezas y peras y aguacates o
higos de pascua, o bien saboreando algún licor en cualquier barecillo típico
del pueblo. Porque aquel verano se había propuesto vivir a secas, pero vivir
en toda la amplitud del término, y declararle la guerra a la indiferencia, a
los actos insensibles, que de un tiempo a esta parte lo deshumanizaban, de
suerte que rehuía el placer más alentador, las alegres sonrisas de la vida,
tropezando muy a su pesar en las mismas banalidades un día sí y el otro
también, reiteradamente, como si quisiese remedar las funciones de otro
Sísifo, en este caso urbano.
Finalmente adoptó la drástica medida de enterrar en una fosa común y bien
profunda todo lo que presentase algunos ribetes de lo que más desdeñaba, la
insensibilidad.
José Guerrero Ruiz
RUMOR
Las mañanas se le torcían
sobremanera, casi verticalmente, cuando se subía en la montaña rusa, por el
mero hecho de evocar la áspera infancia, en que con otros zagales y zagalas
zigzagueaba por el recinto del ferial con el firme propósito de divertirse.
Algunos días se iba a la fuente que había a la entrada del pueblo, que
apagaba la sed de los vecinos, y a veces se entretenía con una pistola de
agua disparando por sorpresa a los transeúntes en el cogote o en los mismos
ojos al volver la cabeza, sin ningún reparo. Le encantaba el rumor de la
imaginación, porque le abría las puertas de un mundo nuevo, virgen, y el
deseo de atrapar o descubrir inusitadas sensaciones, sobre todo cuando
acariciaba la brisa las copas de los árboles y su cara, ofreciendo un rostro
amable y dulce, ondulante, vibrando con dulzura por la vasta campiña, y el
rumor, antes tan vago e impreciso se tornaba sereno, compacto, claro,
empujándole a encarar los problemas con verdadero optimismo.
José Guerrero Ruiz
EL DEDO
El dedo acusador se convirtió en su
dedo verdadero, cuando acudió al curandero al cabo del tiempo por no sentir
mejoría, ya que en la fábrica donde laboraba sufrió un percance grave, y el
jefe de personal le incrustó rápidamente el dedo de un muñeco que por allí
andaba rodando, y se lo escayoló con premura, sin que se diese cuenta de
nada, por mor del lastimoso trance por el que atravesaba, sintiéndose casi
ciego y muerto de dolor y miedo.
Ahora ya podía presumir de llevar el dedo más chuli del mundo, el verdadero
según sus cálculos, tras la intervención milagrosa del curandero –engullir
sendos vasos de H2O con enigmáticos polvillos y unos trocitos de papiro
puntiagudos dentro- a la que había sido sometido.
José Guerrero Ruiz
LA CAMA
A Ángela le encantaban las camas
grandes, espaciosas y que reluciesen como las aguas de los océanos, cuando
los rayos solares se estrellaban sobre la superficie en el incesante
balanceo de las olas. Pero Ángela no quería mancillar la tranquilidad y
hermosura de la faz de la cama, quería respetar su atractivo, su duende, su
ángel, y se decidió por acostar a sus muñecas predilectas, las más elegantes
y cariñosas. Aquellas con las que más se identificaba, procurando que todas
estuviesen ubicadas escrupulosamente, guardando las distancias
estéticamente, y haciendo juego con los colores de la colcha que la cubría.
Ella, cuando le vencía el sueño a altas horas de la madrugada, se acurrucaba
pacientemente en un rincón de la alcoba, aguantando como podía el chaparrón
del sueño, y se sentía embelesada observando la estampa tan gratificante de
sus muñequitas.
Mañana será otro día, musitaba entre dientes, harto condescendiente con sus
sublimes e inquebrantables principios.
José Guerrero Ruiz
EL CAJERO
Cada vez que cruzaba aquella calle
le entraba pavor al atisbar el cajero automático que allí había. Resultaba
que muchas noches, oía unos ruidos raros, como si en su interior se
albergaran infinitas ratas de enorme tamaño o terribles tigres, gritando
desaforadamente como seres humanos en un estado de inminente pánico, bien
por sentirse atacados por el fuego de un incendio o impulsados por la fuerza
del hambre.
Después de la travesía, y a veces ni tan siquiera eso, ella permanecía toda
la noche en vela, aturdida, como si los sintiese en sus entrañas, y le
arrancaran trocitos muy lentamente, como si pensasen que estaba durmiendo y
no quisieran despertarla, y no había forma de que conciliara el sueño, por
el infernal estruendo que rumiaba en su cerebro día y noche. Al cabo del
tiempo y luego de una profunda reflexión, decidió un plan, que lo presentía
como algo definitivo, a fin de mitigar en lo posible el grave problema.
Puso al corriente a los bomberos del barrio de todos los pormenores del
asunto, y de la situación tan penosa por la que estaban pasando los vecinos
y ella misma, instándoles a que satisficiesen su nerviosa ansiedad, por lo
que los bomberos, atendiendo a sus súplicas, acudieron en su auxilio en
cuanto pudieron, y cuál no sería su sorpresa cuando al acercarse al cajero
automático saltaban por los aires cientos de serpientes de cascabel silbando
despavoridas, sembrando el desconcierto entre los transeúntes y entre el
mismo cuerpo de bomberos, curtidos como estaban en mil batallas, y fueron
desbordados por los acontecimientos, viéndose impotentes para fulminar tanta
víbora viviente.
José Guerrero Ruiz